El Viejo Erasmo y sus Periplos Callejeros

Pequeñas historias de la cotidianidad de un mendigo perdido en Santiago.

Mes: febrero, 2013

Hogar, dulce Hogar (de Cristo)

Cuando la lluvia llega a mi recto

Desde el cartón, por la mañana,

No existe cual hazaña

Que me saque los chitecos.

Un somier y unas cuantas frazadas

es más

¿Cómo he de pegar una pestaña?

Sin mi vino, que si vine y no hay vino

en el Hogar de Cristo: no tienen niun’ brillo.

“Métricas por el hoyo” – Recopilación de poemas de Don Erasmo

Poema

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Sábados

Bañándose

Todos saben que los sábados le tuercen las pesadas bolas al viejo Erasmo. Nadie ha sabido nunca por qué, pero es de conocimiento público (para los que tienen el privilegio de vincularlo como amigo o pareja carnal) que es mejor no toparse con su olorosa persona aquel sexto día de la semana.

Entonces, a eso del mediodía de un sábado (hora que más le hierve la mierda seca y adherida a su vello perianal) caminaba raudo hacia quién sabe dónde.  De pronto,  un odioso mozalbete de la mano con su ramera, osaron chocarle el hombro.

Cuando la pareja estaba besándose  sentados en una banca del Parque Forestal, vino la  tardía —pero, sin duda, dolorosa— respuesta de Don Erasmo:

¡Ahí tienen, mierda’! —Exclamó el vagabundo, vertiendo en sus rostros un balde lleno de agua turbia que antes había servido para lavarse las patas.

—Fin—

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“Todos necesitan una media naranja para subsistir” 

Don Erasmo, hace 15 minutos a través de Blackberry app.

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“La vida es un misterio: todos se la cuestionan, pero nadie nunca quiere conocerla. Es como saber de qué está hecho el sanguche e potito’ ¿Acaso alguien quiere adivinarlo?”

Don Erasmo, hace una hora a través de Blackberry app.

Ropa Interior

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La cuestión es que  mientras Erasmo  lavaba sus zaragüelles (por primera vez después de habérselos encontrado hace un par de semanas, hurgando en la basura de Doña Ester) se le acercó muy asustado Cholito Manolo, un joven (o recién iniciado) vagabundo:

No pue’, Don Erasmo’, como se le ocurre —le dijo—. Esa agüita viene directa del zanjón oiga oh: una vez metí las manos ahí, se me infectó una herida en el  dedo y tuvieron que cortarme la manito entera.

El veterano Erasmo, sin sacar las suyas del agua, le aclaró:

Estas aguas son como las mujeres poh, compaire’. Por eso Cholito, que ninguna te coma los huevos.

Acto seguido, se puso los zaragüelles (todavía húmedos) y comenzó a caminar, mientras  el agua bajaba sacando el piñén de sus piernas.

—Fin—

Muela

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De pronto, el viejo Erasmo estaba meditando (sin niuno’ y con rabia) sobre el pan con margarina que tuvo que compartir con su perro Ladilla. Eso, cuando quedó pegado en el capó de un Mercedes Benz reluciente:

Pero hombre, ¡Qué barbaridad más grande! —Exclamó el conductor—. ¿Se encuentra usted bien?

Una de las últimas muelas que utilizaba para moler comidas duras y que desde el impacto se había echado a volar, fue la real preocupación del shockeado y viejo Erasmo.

De todos modos, cuando volvió en sí, saboreaba una Big Mac  en la cuneta, afuera del McDonald’s. Ahí, desde un algodón, sacó la muela (que tenía el manso forao’ negro) y trató de instalarla en su anterior cobijo; pero na’ que na’. 

A ver si el ratón me deja unas moneitas’ pa’ un sorbo —Le comentó a Ladilla.

—Fin—

 

Licencia

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En cierta ocasión, el viejo Erasmo estaba sentado contando el dinero que acababa de limosnear para comprarse su habitual y  sagrado vinacho’.  Ahí oyó la molesta sirena de una camioneta  Chevrolet verde-blanca que se estacionó muy cerca de su maloliente cuerpo.

Del automóvil, bajaron dos seres humanos.

¿Tiene la licencia necesaria para estar acá? —Le dijo un uniformado.

Estoy con licencia hace más de veinte años, oiga. —Ironizó Erasmo.

Según la legislación chilena del artículo 309: “El que sin la debida licencia pidiere habitualmente limosnas en lugares públicos, será castigado con reclusión menor”. Le cuento que usted está infringiendo la ordenanza municipal que  está siendo efectuada en territorio público jurídico estatal en el cuadrante del operativo del occiso treinta y tres de la calzada poniente que cubre la franja de la quincuagésima comisaría entorno a la clave penal que se le imputará en un juzgado oficiado por un juez de la policía local, cuando el código cincuenta y tres quede consignado a la conducta que, en su caso, puede variar entre una grave si en sus antecedentes existan anteriores faltas, lo cual en su vagancia y mendicidad…

Don Erasmo se subió a la parte de atrás del furgón por su propio anhelo y sin entender ni una puta huevá’.

—Fin—

Cuascua

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Padre e hija caminaban apurados por el Paseo Ahumada. De pronto, a la pequeña infante se le abrieron las medias pepas’ cuando su vista se topó con  la prominente barba y calvicie del vagabundo Erasmo:

¡EL VIEJITO’ CUASCUERO’! —Gritó emocionada la niña.

Acto seguido, el papá la pescó de su diminuto brazo y adelantaron el paso hasta el semáforo. El sollozo de la niña se pasó de inmediato cuando le compraron un barquillo.

Oye, perro hueón…—Dijo Erasmo despertando a su quiltro Ladilla— Tengo cuatrociento’: ¿compramo’ una Gillette’ o unas sopaipas’?

—Fin—

 

Trabajo

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Cierto día de invierno, el viejo Erasmo no estaba mendigando sencillo, pues sólo se preocupaba de tener su potito’ bajo cobijo en los escalones de la Catedral de la Plaza de Armas. De igual manera, el Sacerdote de la iglesia lo increpó:

¡Hombre, consiga un trabajo! —dijo el Sacerdote con ese enojo típico de hombre religioso.

No había considerado hacía ya tiempo esa palabra: “trabajo”. Aun así, percatándose de la hediondez a hocico’ del Sacerdote, se limitó a estirar sus bracitos’ y reposarlos en su cabeza.

¡Tsss! El manso trabajo que tiene usted pue…—dijo Erasmo.

Luego, sus manos volvieron al mismo sitio en donde estaban: abrigándolas en sus verijas.

—Fin—

Mil Pesos

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Bajo un árbol muy contiguo al Cerro Santa Lucía, evitando la infame radiación solar, don Erasmo meditaba sobre el aroma de su perineo. Fue ahí cuando apareció  una pareja de turistas estadounidenses. Erasmo —todavía decidiéndose sobre el olor— vio como los extranjeros se hincaron a su lado, le sonrieron de manera condescendiente, abrieron su mano (sí, pasada a perineo) y le hicieron entrega de un arrugado billete verde.

Al viejo le brillaron sus ojitos’: ni atinó a ver lo que le habían donado, pues su textura era más que clara. Cerró la mano y con la otra se despidió agradecido de los gringos. Enseguida, notó algo extraño;  abrió con cuidado y minucioso el doblado billete, pero se decepcionó:

Podrían haber pasao’ unos dólares los  rucios’ culiaos’... —Pensó el viejo y vagabundo Erasmo.

—Fin—