Año Nuevo

por Patomatus

Sacando cuentas estaba Don Erasmo. Anoche. Ahí metido entre tanta bazofia y humanidad, saboreando un plátano medio oxidado. Así, sin más, comiéndose hasta la cáscara y sacando cuentas, o bien,  haciendo el balance de fin de año (tan popular como ha sido siempre).

–¿Qué opinai’, viejo Erasmo? –Se dijo sorprendido a sí mismo. –Este año no fue tan malito: se me quitó la hinchazón del pie, me corté las uñitas de las manitos,  estoy estrenando mi calzón amarillo…Ñá, está bien, Erasmo. Está bien, viejo. Pero, sí, igual faltó, comidita, su copetito… ¿Y qué será del…? ¿Cómo? ¿Qué? ¡Verduras!…bah, anda, la puta, Rucia culiá…Un, dos, cuatro, ocho. Rucia culiá… ¡La Rucia RECULIÁ!

Y así durante minutos, comenzó a desvariar. Era cierto, no fue un año malo, pero Don Erasmo mostraba signos de demencia senil. Más no de la actual y poco conocida depresión social.

Ahí, sobre la misma, se cumplieron las doce. Todos se abrazaban, tomaban a destajo y en la Torre Entel los fuegos de artificio comenzaron a iluminar el cielo. Mientras, los que estaban cerca del viejo Erasmo, lejos de escuchar los artificiales y los “feliz año”, oían los frenéticos gritos del vagabundo,  preguntándose estupefactos quién sería la  “Rucia culiá”.

Un joven buena onda y enfiestado, haciendo lo que nadie hizo, le llevó su vasito de plástico con champán y helado de piña marca Fruna. Ahí ocurrió el milagro: aquél brebaje tuvo éxito con el deplorable y poco cuerdo vagabundo, quién luego de pegarse un sorbo bajó sus revoluciones, hasta finalmente relajarse.

Ahí, el  curioso joven se aprovechó y le preguntó:

–Oiga, amigo, ¿y quién es esa tal Rucia que lo tiene tan mal?

–La Rucia poh. La Rucia RE-CU-LIÁ. –Dijo el viejo.

–Pero, ¿Quién es? ¿Dónde está? –le preguntó mirando para ambos lados.

–Ahí poh, en esa weá vive la culiá. Ahí, ahí ¿Lo ve? –Dijo Don Erasmo apuntando hacia el Palacio de La Moneda.

 

—Fin—

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