Cosa de Hipsters

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“Poema a luca, poema a luca”, gritaba don Erasmo en la salida del metro Santa Lucía. A ratos, sacaba el lápiz mina arriba de su oreja, escribía algo en un hoja de cuaderno, se lo pasaba por la raja y lo colocaba en un chal cubierto de una pila de papeles. Repetía esa acción cada diez minutos o cuando veía algo digno de plasmar en sus obras.

De pronto, desde el subterráneo del metro salieron dos guardias bien fornidos, pero torpes al caminar. Como si no hubiesen querido llegar hasta el viejo vagabundo, aunque finalmente lo hicieron.

—Señor, no puede estar aquí. —dijo uno de los guardias.

—De poder, puedo poh…¿Usted se refiere a que no DEBO? ¿Y cómo la vieja que está vendiendo agujas allá al frente?. —aclaró e increpó don Erasmo.

— ¡Mire, señor, usted está vendiendo papeles escritos con caca! La gente, los usuarios del metro y hasta los comerciantes están alegando por el olor. Si no quiere retirarse del lugar llamaremos a Carabineros. —amenazó el otro guardia.

A decir verdad, era un día de introspección para Don Erasmo y no quiso pelear con aquellos que sólo realizaban su trabajo. Además, ya estaba en la hora de su caja de vino, así que procedió a guardar con cuidado sus preciadas y poco aceptadas obras.

Estaba en eso cuando pasó un joven de lentes gruesos sin vidrio, botas, pantalones cortos de mezclilla y una bufanda. Un hipster de tomo y lomo que quedó flechado con el trabajo del viejo Erasmo.

—¡Su trabajo es soberbio, señor! Tiene estilo y me recuerda a Manzoni. Dígame ¿Cuánto quiere por todos estos? ¿Y por hacer más? —Le dijo el hipster abriendo la billetera y mostrando una tarjeta.

—Un Clos de Pirque y un pan con chancho, no más…

Al final, llegaron a un acuerdo de cincuenta mil pesos. La gente se amontonaba a ver cómo el hipster se llevaba los papeles con caca y llamaba a sus amigos para comentarles una compra tan genial.

Pasó un rato y los guardias bajaron, la gente se dispersó y don Erasmo caminaba de vuelta del supermercado con una bolsa llena de cuadernos y hamburguesas.

—Oiga, ¿Cuánto vendió? —le preguntó la vieja de las agujas.

—¡UNA MIERDA! —dijo Don Erasmo.

—Fin—

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