El Viejo Erasmo y sus Periplos Callejeros

Pequeñas historias de la cotidianidad de un mendigo perdido en Santiago.

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“La vida es un misterio: todos se la cuestionan, pero nadie nunca quiere conocerla. Es como saber de qué está hecho el sanguche e potito’ ¿Acaso alguien quiere adivinarlo?”

Don Erasmo, hace una hora a través de Blackberry app.

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Ropa Interior

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La cuestión es que  mientras Erasmo  lavaba sus zaragüelles (por primera vez después de habérselos encontrado hace un par de semanas, hurgando en la basura de Doña Ester) se le acercó muy asustado Cholito Manolo, un joven (o recién iniciado) vagabundo:

No pue’, Don Erasmo’, como se le ocurre —le dijo—. Esa agüita viene directa del zanjón oiga oh: una vez metí las manos ahí, se me infectó una herida en el  dedo y tuvieron que cortarme la manito entera.

El veterano Erasmo, sin sacar las suyas del agua, le aclaró:

Estas aguas son como las mujeres poh, compaire’. Por eso Cholito, que ninguna te coma los huevos.

Acto seguido, se puso los zaragüelles (todavía húmedos) y comenzó a caminar, mientras  el agua bajaba sacando el piñén de sus piernas.

—Fin—

Muela

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De pronto, el viejo Erasmo estaba meditando (sin niuno’ y con rabia) sobre el pan con margarina que tuvo que compartir con su perro Ladilla. Eso, cuando quedó pegado en el capó de un Mercedes Benz reluciente:

Pero hombre, ¡Qué barbaridad más grande! —Exclamó el conductor—. ¿Se encuentra usted bien?

Una de las últimas muelas que utilizaba para moler comidas duras y que desde el impacto se había echado a volar, fue la real preocupación del shockeado y viejo Erasmo.

De todos modos, cuando volvió en sí, saboreaba una Big Mac  en la cuneta, afuera del McDonald’s. Ahí, desde un algodón, sacó la muela (que tenía el manso forao’ negro) y trató de instalarla en su anterior cobijo; pero na’ que na’. 

A ver si el ratón me deja unas moneitas’ pa’ un sorbo —Le comentó a Ladilla.

—Fin—

 

Licencia

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En cierta ocasión, el viejo Erasmo estaba sentado contando el dinero que acababa de limosnear para comprarse su habitual y  sagrado vinacho’.  Ahí oyó la molesta sirena de una camioneta  Chevrolet verde-blanca que se estacionó muy cerca de su maloliente cuerpo.

Del automóvil, bajaron dos seres humanos.

¿Tiene la licencia necesaria para estar acá? —Le dijo un uniformado.

Estoy con licencia hace más de veinte años, oiga. —Ironizó Erasmo.

Según la legislación chilena del artículo 309: “El que sin la debida licencia pidiere habitualmente limosnas en lugares públicos, será castigado con reclusión menor”. Le cuento que usted está infringiendo la ordenanza municipal que  está siendo efectuada en territorio público jurídico estatal en el cuadrante del operativo del occiso treinta y tres de la calzada poniente que cubre la franja de la quincuagésima comisaría entorno a la clave penal que se le imputará en un juzgado oficiado por un juez de la policía local, cuando el código cincuenta y tres quede consignado a la conducta que, en su caso, puede variar entre una grave si en sus antecedentes existan anteriores faltas, lo cual en su vagancia y mendicidad…

Don Erasmo se subió a la parte de atrás del furgón por su propio anhelo y sin entender ni una puta huevá’.

—Fin—

Cuascua

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Padre e hija caminaban apurados por el Paseo Ahumada. De pronto, a la pequeña infante se le abrieron las medias pepas’ cuando su vista se topó con  la prominente barba y calvicie del vagabundo Erasmo:

¡EL VIEJITO’ CUASCUERO’! —Gritó emocionada la niña.

Acto seguido, el papá la pescó de su diminuto brazo y adelantaron el paso hasta el semáforo. El sollozo de la niña se pasó de inmediato cuando le compraron un barquillo.

Oye, perro hueón…—Dijo Erasmo despertando a su quiltro Ladilla— Tengo cuatrociento’: ¿compramo’ una Gillette’ o unas sopaipas’?

—Fin—

 

Trabajo

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Cierto día de invierno, el viejo Erasmo no estaba mendigando sencillo, pues sólo se preocupaba de tener su potito’ bajo cobijo en los escalones de la Catedral de la Plaza de Armas. De igual manera, el Sacerdote de la iglesia lo increpó:

¡Hombre, consiga un trabajo! —dijo el Sacerdote con ese enojo típico de hombre religioso.

No había considerado hacía ya tiempo esa palabra: “trabajo”. Aun así, percatándose de la hediondez a hocico’ del Sacerdote, se limitó a estirar sus bracitos’ y reposarlos en su cabeza.

¡Tsss! El manso trabajo que tiene usted pue…—dijo Erasmo.

Luego, sus manos volvieron al mismo sitio en donde estaban: abrigándolas en sus verijas.

—Fin—

Mil Pesos

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Bajo un árbol muy contiguo al Cerro Santa Lucía, evitando la infame radiación solar, don Erasmo meditaba sobre el aroma de su perineo. Fue ahí cuando apareció  una pareja de turistas estadounidenses. Erasmo —todavía decidiéndose sobre el olor— vio como los extranjeros se hincaron a su lado, le sonrieron de manera condescendiente, abrieron su mano (sí, pasada a perineo) y le hicieron entrega de un arrugado billete verde.

Al viejo le brillaron sus ojitos’: ni atinó a ver lo que le habían donado, pues su textura era más que clara. Cerró la mano y con la otra se despidió agradecido de los gringos. Enseguida, notó algo extraño;  abrió con cuidado y minucioso el doblado billete, pero se decepcionó:

Podrían haber pasao’ unos dólares los  rucios’ culiaos’... —Pensó el viejo y vagabundo Erasmo.

—Fin—

Moco Seco

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Paseaba por la pobla’ tranquilo, cuando de repente salió una Vieja (pasada a cebolla picá’) que llamó al vagabundo Erasmo:

Usted, venga para acá —dijo la Vieja— no lo quiero ver más por aquí.Todos los niños del pasaje lo andan viendo a usted, oiga.

Erasmo sacándose un moco seco (de esos que duelen al tratar de extraerlo, porque quedan pegados con vello nasal), la miró vehemente, extrajo el loro’ y lo pego en la chapa de la reja.

El viejo Erasmo corrió cinco cuadras hasta que la Vieja se cansó de perseguirlo con la escoba y su tracalá’ de cabros chicos.

¡Chesumadre!, desperdiciando un rico moco salaito’ por la Vieja e’ mierda —Se dijo Erasmo.

—Fin—

Tocomple

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Estaba Erasmo el vagabundo pidiendo moneas’, cuando apareció la perra de la Isidora del Río Ruiz-Tagle, que acababa de comprar huevás en el Alto Las Condes y alimentar en el DOMINÓ a las tres crías rubias-colorinas que paseaban con ella:

Oiga… —dijo Erasmo—. Señora, ¿me escucha? Deme una de quiniento’, oiga.

El sonido de los tacos del zapato (que cubrían las patas hediondas de la oriunda de Vitacura) entonaron un “toc-toc” que era un “no-no” para el pobre, pero siempre picaresco Erasmo.

¡Igual se le chorrea la mayo del tocomple! —exclamó Erasmo.

Luego se echó en el pedazo de cartón que estaba tibio (porque su trasero había estado pegado a él desde la noche anterior) y se rascó una bola.

 —Fin—